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RATOLESCENCIA

martes, 23 de enero de 2018

En mi infancia, posiblemente, unos de los mejores recuerdos que tengo provienen de esas noches de nervios en las que intentaba aguantar sin dormir hasta que llegaba a casa el esperado Ratoncito Pérez.
Todo lo recuerdo con mucha ternura y mucha emoción. El momento en que se me empezaban a mover los dientes de leche, y los días, que se hacían eternos, hasta que posteriormente se acababan cayendo. El ritual sagrado de guardarlos debajo de la almohada, de escribirle una carta de agradecimiento al Ratón Pérez y también dejarle algo de comer en la mesita de noche. Incluso la lucha contra el cansancio por las largas noches de espera, por poderlo pillarlo in fraganti con las manos en la masa.
Por supuesto, jamás aguanté despierta lo suficiente para verlo recoger uno solo de mis dientes.

¿Quién en el mundo entero no conoce al Ratón PérezTodo el mundo lo conoce, pensareis.
Pues lo cierto es que no. Si bien en los países hispanohablantes, todos sabemos que es un ratón el que se lleva los dientes de leche de los niños, en los países germanos, sin embargo, creen que los recoge un hada. Pero realmente, lo que nadie sabía hasta ahora, era que el Hada de los Dientes y el Ratón Pérez son socios de la misma empresa.
Trabajan codo con codo, desde hace miles de años, desde que las hadas, con su magia de otros mundos, unieron los hilos de la humanidad y la ratonidad en el enrevesado tejido del tiempo.

A pesar de que en una novela de Benito Pérez Galdós, escrita en 1884, el autor canario comparó a su protagonista, un hombre avaro y tacaño, con el Ratoncito Pérez, hecho que prueba que ya se conocía al diminuto roedor, no fue hasta diez años después que la historia del Ratón Pérez se popularizó masivamente. Y ocurrió, cómo no, a través de un cuento.

En España, siempre se le ha atribuido la autoría del Ratón Pérez, y su posterior introducción a la mitología infantil, al padre Luis Coloma.
La Reina María Cristina le pidió al escritor y periodista jesuita que escribiera un cuento para su hijo, Alfonso XIII, apodado por su madre, el pequeño rey Bubi, que por aquel entonces, a sus ocho años, acababa de perder un diente.
Coloma creó entonces un ratón bonachón y entrañable, que vivía con su familia dentro de una caja de galletas, en el almacén de la entonces famosa Confitería Prast, en el número ocho de la calle Arenal, en el corazón de Madrid y no muy lejos de Palacio.
Coloma aseguraba en dicho cuento que el Ratón Pérez viajaba a través de las cañerías de la ciudad, por las que llegaba a las habitaciones del pequeño rey Bubi y a las de los demás niños que habían perdido algún diente.


El tiempo pasó, el Rey Bubi se hizo mayor y la Confitería Prast acabó cerrando sus puertas para siempre algunos años después. Pero el oficio del Ratón Pérez continuó pasando de padres a hijos hasta el día de hoy. De hecho, la familia Pérez aún vive en el mismo almacén, dentro de una caja de galletas.

¿Que cómo puedo saber todo esto?

Hace tres años, una noche oscura sin estrellas, de lluvia y frío, se presentó en mi casa un ratón. Pero no era un ratón normal y corriente, como esos asustadizos que te encuentras por el campo. Este tenía un pelaje plateado que parecía hecho de la luna misma, y estaba vestido. Os imaginareis de quién se trataba…
Me aseguró que yo, que me apellido Pérez también, era prima lejana de esta familia de roedores, y como miembro humano de la familia que soy, tenía la obligación de contar una historia. La verdadera historia del Ratón Pérez, o al menos la más reciente.
Seguramente a Luis Coloma también se le presentó un Ratón Pérez en 1894. Quizá el escritor jerezano también fuera descendiente de un Pérez, como yo.
El caso es que Coloma fue el humano elegido para compartir por primera vez la historia secreta de los ratones Pérez, hace ya más de un siglo.
Hace tres años, y para mi sorpresa, la elegida fui yo, para narraros la historia de Álex, el primer ratón, de una estirpe larga hasta decir basta, que se niega a continuar con el legado familiar, que no quiere ser un Pérez, bajo ninguna circunstancia.

Entenderéis la magnitud de tal decisión, para los niños de todo el mundo.
Yo sé el final de la historia, claro. Lo sé desde hace tres años. Vosotros también podríais saberlo, si quisierais….

Para eso escribí Ratolescencia.







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